Resultados del concurso literario “A tu lado“, concurso dirigido a todos los trabajadores y trabajadoras de los centros Vitalia Home.

Primeros Premios

Lara Prieto Palma (Écija) – “Una casa para vivir
Alberto Rebollo Reviriego – “Mi caja de bombones
Cristóbal R. Bajo Aguilar – “Aupa Atlético

 

ACCESSIS

María Calatayud Serrano (Cariñena) – “Los pájaros de la acacia
Ana Belén Sola López (Palma del Río) – “¿Vale la pena? Siempre
Aurora Vicente Moreno (Teruel) – “El guardián de mi secreto
Gema Simón Piris (Favara) – “Te quiero
Meritxell Mesa Batista (Barcelona) – “Una montaña rusa de sensaciones
James Santos Sousa (Cifuentes) – “A tu lado… siempre
Sandra Romero Alcaide (Écija) – “Colisionemos
Nerea Miranda Ramírez (Alcosa, Sevilla) – “La meta
Virginia Alonso Pérez (Cabezón del Pisuerga, Valladolid) – “El calor de la residencia
Concepción Mª Sequeiro Leira (Tardajos, Burgos) – “Si puedieras…

 

Textos premiados

Una casa para vivir

Mi nombre es Manuel, y mi habitación es la 254, así empieza el cuaderno del que no me separo ni para dormir. El resto de apuntes y notas que tengo, muchas veces carecen de sentido para mí, algunas voy entendiéndolas con el paso de las horas, y otros días me acuesto con la única certeza de que algo me está ocurriendo.

Cada mañana me pregunto qué hago aquí, las personas con las que me cruzo me saludan y me llaman por mi nombre, muchas caras no me suenan, y otras me resultan muy familiares, incluso me producen sentimientos, como agradecimiento, cariño, aunque, la verdad, no sabría bien decirte cuando les conocí o qué vivencias hemos compartido.

Mis hijas me llaman cada día, y me explican que estoy en un hogar para personas mayores, de pronto, recuerdo mi época, cuando era más joven, y me viene a la mente una palabra que no me gusta, asilo, pero miro a mi alrededor y eso no es lo que veo. Me gustaría hablarte del sitio en el que vivo.

Cada mañana me despierto con una voz familiar a la que no consigo ponerle nombre, pero la noto tan cercana, que siempre abro los ojos sabiendo que lo primero que veré será una sonrisa. El mismo chico de cada mañana, un grandullón con un corazón que intuyo enorme por cómo me trata. Todos los días me explica que es mi auxiliar de referencia, y por eso es él quien viene a despertarme, y yo no entiendo de esos términos, pero aún reconozco el afecto en los ojos de quien me mira.

La mayor parte del día la paso en un salón con otras 15 personas, cada día es nuevo, se nos pasa la mañana hablando y contando nuestras batallas en la vida, es curioso, que algunas veces, según me hablan es como si pudiera escuchar el desenlace en mi cabeza, como si ya hubiera escuchado antes esas historias. Pero no os penséis que estamos solos, siempre están entrando chicos y chicas uniformados, que nunca me queda claro quién es el que me da las pastillas y cual me acompaña al baño, pero ellos siempre lo saben por mí.

Entre todos esos uniformes está ella, ella también tiene un título, profesional de referencia creo que era, pero yo ese nombre tan largo no lo tengo apuntado en mi libreta, yo prefiero su nombre, que cuatro letras son siempre más fácil de recordar. Cada mañana se me ilumina la cara cuando la veo, siempre tiene tiempo para mí, para un beso, una caricia y que le cuente una historia de mi juventud, historias que le repito cada día, aunque ella siempre se ríe como si fuera la primera vez que las escuchara. Lo que yo no sé es que a ella le hace tanta ilusión como a mi verme cada mañana, que la sonrisa que le nace al verme girar el pasillo es tan sincera como la mía, y que todas mis historias por más repetidas que estén hacen que se sienta participe de mi vida, y eso le encanta. En mi cuaderno lo resumo bien, tengo su nombre y al lado puse “la quiero, buscar si necesito algo”, y a veces me creo que es mi novia, y otras que es una especie de jefa y que yo soy un trabajador, pero ella siempre se ríe y me explica dónde estamos y lo que me ocurre, y poco a poco me relajo, con la certeza de que yo puedo olvidarme de ellos, pero ellos nunca se olvidan de quien soy yo.

Esta es la historia de Manuel, él es una vida entra tantas como tratamos a diario. Él se siente muy afortunado de tener esta segunda familia, de lo que Manuel no es consciente, es de lo inmensamente feliz que me hace a mí ayudarlo, y que con cada abrazo suyo todo mi trabajo se llena de sentido.

Lara Prieto Palma (Écija)

 

Mi caja de bombones

La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. Con esta conocidísima frase Tom Hanks, en su papel de Forrest Gump, definía en cierto modo lo que para él erala vida. Para mí, la vida y mi labor con personas en su tercera etapa de la vida guarda cierta similitud con esa frase.

Cuando me dieron la gran oportunidad de enfrentarme a ese reto de trabajar con personas mayores me sentí muy ilusionado y agradecido, tal y como cuando te regalan esa caja de bombones tan especial. Y es precisamente ese momento en el que la coges con tus manos y sabes lo que hay o, al menos, puedes llegar a imaginarlo, pero nunca te das cuenta realmente de lo que vale cada sabor, cada bombón, como cada vivencia hasta que lo pruebas.

En lo que a sabores se refiere, recuerdo muchas experiencias dulces como cuando coges el bombón que a la primera sabes que te va a gustar, esos momentos tan cariñosos que te alegran el alma. No olvidaré aquel momento en el que, durante una sesión de reminiscencia musical, di en el clavo con una canción con la que una residente recordó el instante exacto en el que el chico que le gustaba (aquél que terminaría convirtiéndose en su futuro marido) le dijo que estaba enamorado de ella. Fue entonces cuando, con aquel conocido estribillo de guapa, guapa y guapa, le dio un beso tras un baile en la verbena; así de emocionada me lo describía como si volviese a ocurrir en ese mismo momento.

Al igual que hay momentos dulces, también hay aquellos que no lo son tanto y te toca ese bombón de café amargo. Recuerdo algún momento donde, por muchas ganas que le pongas a la situación y al trabajo, no sale como llegas a esperar… o incluso ese momento difícil en el que tienes que acompañar en un duelo y a veces, aunque quieras ser profesional y no derrumbarte, te invade a ti mismo ese propio sentimiento.

Por otro lado, toda caja tiene su bombón especial, el que quizás reserves para el final para que te quede el mejor sabor de boca que para mi no es otro que el de chocolate blanco que solo con verlo sabes que está ahí, que te anima, que te apoya y que forma parte casi de tu familia. Son esos residentes y compañeros que te abren su corazón, que por un motivo u otro eres su confesor, su niño, su alivio… que da igual si a veces no te llegas a entender bien, pero te sonríen y se te pasa todo. Y que te sorprendan con tu nombre bordado a punto de cruz, o con una bufanda hecha a mano con tus colores favoritos y que te digan que para ellos eres alguien especial.

Lo bueno de estas experiencias, de esta caja de bombones, es 1o que te hacen aprender de la vida, que no es otra cosa que el aprender a disfrutarla; estas personas tan especiales me transmiten precisamente eso, que si volviese el tiempo atrás se preocuparían menos de todo y lo vivirían con mayor intensidad; cambiándome sin ninguna duda, aunque sólo sea por un momento, mis manos para coser, mis piernas y mis pies para bailar y mi juventud para volverse a enamorar.

Todo esto hace que mi trabajo como Terapeuta Ocupacional sea cada día una vivencia nueva y que intente seguir construyendo, cada mañana al levantarme, ese cajón de recuerdos que, sin ninguna duda, algún día formarán parte de los míos.

Alberto Rebollo Reviriego

 

Aupa Atlético

Luis M, era un residente de una de nuestras residencias en Comunidad de Madrid con principio de alzhéimer. Luis, conocido por todos como Luisito que era como le gustaba se le llamase, era una persona reservada, de poco hablar y más bien huidizo de todo jaleo. Se programaban por parte del centro muchas actividades y salidas a museos, Fabrica Nacional de la Moneda y timbre, exposiciones…. etc. y Luisito al que siempre se le preguntaba nunca quería ir ni participar. Un buen día, la dirección del centro gestionó una vista distinta, iríamos a visitar el Estadio Vicente Calderón, sede del Atlét¡co de Madrid. Como siempre, se fue preguntando a los residentes si querían ir, entre ellos a Luisito y ese día, hubo algo en su expresión que llenó su cara de alegría. Y su boca, que casi siempre estaba entre una expresión de aburrimiento y enfado, se tornó en una sonrisa de esas que puedes decir “de oreja a oreja” y fue la primera vez en los dos años y medio que llevaba con nosotros en el centro que dijo un SI desde su más profundo sentimiento. Desde ese momento, Luisito era puro nervio, deseoso de que llegara el día de esa visita que se le propuso y que le hizo cambiar su gesto.

Y llegó el día, era miércoles de mañana y todo dispuesto para ir al Vicente Calderón. Luisito casi ni desayunó, los nervios no le dejaban. Montamos en las furgonetas de la residencia y el microbús contratado y allá fuimos a ver el estadio y al equipo que esa mañana entrenaba. Con solo poner un pie dentro de las instalaciones los ojos de Luisito brillaban como luceros y se le empañó la mirada de lágrimas que no le salían……. puedo decir que casi temblaba. Algo pasaba en nuestro residente con esta visita. Fue todo muy emocionante para é1. Algo tenía que pasar y que desconocíamos de su vida, de su historia……había que indagar porque Luisito desde ese día ya no era el mismo, desde la visita al Vicente Calderón, pese a su alzhéimer, cambió. Esa persona de mirada huidiza y poco participativa, pasó a ser un hombre de mirada alegre, expresión feliz y participativo en todo. Y más con el regalo que el director del centro le había hecho, al ver lo que en este hombre despertó esta visita, una bufanda del Atlético de Madrid. Bufanda que Luisito dijo a sus hijos le había comprado “su amigo” y que solamente consentía quitarse para ducharse…, hasta dormía con ella.

Al indagar con los hijos, supimos una historia de él que nunca nos habían contado. Luisito desde niños acudía con su padre todos los domingos al antiguo Metropolitano a ver al Atlético Aviación. Los dos con mucha pasión veían juntos el futbol y Luisito fue impregnado por su padre de pasión por los colores rojiblancos y el gusanillo de este deporte. y Luisito incluso llegó a empezar a entrenar muy de niño en las filiales del “su pasión” el Atlético de Madrid y así transcurrieron unos años en la vida de este niño, hasta que una fría mañana la mala fortuna pasó delante de sus vidas. Un accidente truncó la vida de su padre, dejó mal herida a su madre y a Luisito con fracturas múltiples que por desgracia truncaron su meta, seguir jugando en el equipo de su vida. Su vida y la de la familia cambió por completo y los derroteros de Luisito fueron por otros caminos. El desgraciado accidente hizo que empezara pronto a trabajar para ayudar en casa…

Pasaron unos años más de felicidad para Luisito en la residencia desde ese día de la visita al Vicente Calderón, hasta que fue apagándose su vida. Por decisión de la familia se le enterró con aquella bufanda que le regaló “su amigo”, que día tras día usaba sin faltar ninguno y que llevaba puesta salvo cuando se duchaba.

Cristóbal R. Bajo Aguilar

 

Los pájaros de la acacia

Hay dos pájaros apoyados en la acacia del jardín. Siempre están ahí.

Julia y Leonor los miran desde sus cómodos sillones sin saber muy bien por qué. Les gustan los pájaros. Les gusta hablar de ellos; de cómo piaba el canario de Leonor, que el pobre murió de frío el invierno pasado en casa de su hijo; hablan de que parece que se nubla, porque es época de que ya haga frío.

Les encanta hablar de cómo están saliendo los ajos que hemos plantado en el huerto; aunque fíjate tú, como no le pongamos unos plásticos se helarán con los primeros fríos del año.

– Tendríamos que poner coles en el huerto, que de cara al invierno saber muy rica con un poco de patata.

– Si, buenísima la col. Yo solo le echaba una “chorradica” de aceite de oliva, y en mi casa se la comían a “dos carrillos”- le decía Julia a Leonor, haciendo ver su buena mano en la cocina.

Al otro lado del salón de estar, en una mesita de madera cálida juegan al guiñote José, Eduardo, Antonio y Julio. No juegan con dinero, por qué da igual ganar o perder. Juegan con trocitos de cartón, porque pasar un rato juntos es lo que importa ahora.

– ¿Cómo va la partida? – les provoco

– Perdiendo como siempre- me dice rápidamente Antonio. Que aunque roten de pareja él siempre suele perder.

– No te preocupes Antonio, que desafortunado en el juego, afortunado en el amor.

– Eso dicen maña…- me dice cabizbajo, supongo que con vergüenza.

Le sonrío divertida.

Me han cogido el brazo mientras miraba jugara los caballeros al guiñote. Es Elvira. Quiere que le consiga un libro de sopa de letras, que el último era muy fácil y en dos semanas ya lo tenía hecho.

Elvira devora las sopas de letras, le encanta sentarse después de comer en el salón. Se coloca sus gafas doradas, por encima de la nariz, mientras pasa las hojas del cuadernillo.

– Voy a hacer esta sopa de letras, que es fácil, que de animales sé muchas cosas.

– ¿Te gustan los animales o qué Elvira?

– Si cariño mío, mi padre era ganadero y teníamos de todo en mi casa, no sé si por suerte o por desgracia, porque luego había que cuidarlos.

Me gusta observarles en el día a día. Ver quiénes son y quiénes han sido. Nos muestran sus miedos y vergüenzas, que son como los de todos; sus alegrías y preocupaciones que no son menos que las nuestras, sino diferentes.

Creemos, equivocadamente, que la vejez nos hace ser otros. Pero no es así. La vejez sólo nos transforma, como todas las etapas de la vida. Pero seguimos siendo los mismos.

La vejez hace que nos guste recordar aquello que antes era insignificante. Cómo echarle una “chorradica” de aceite de oliva a la col, o contar los animales que cuidaba tu padre. Pensar en el olor que tenía tu madre cuando le dabas un beso, tararear la canción que el maestro te hacía cantar en la escuela o simplemente, acordarte de aquel viaje que hiciste con tu esposo a la costa Brava.

Los recuerdos viven en nuestra residencia, y no son tristes, pues en ocasiones nos hacen regresar a casa por unos instantes. Cómo los pájaros de la acacia, que siempre vuelven a la misma rama.

María Calatayud Serrano (Cariñena)

 

¿Vale la pena? Siempre

Largas noches de invierno atravesando aquel angosto y oscuro pasillo, un solo pensamiento en la cabeza: cuando la pena, el cansancio y el hastío ya le han ganado la batalla a la esperanza ¿vale la pena?

Piensas que tus compañeros están como tú, en lo negativo, en la lucha del día a día cada vez más y más pesada, una carga que aplasta tu alma como la roca de una gran montaña. De pronto algo viene a tu mente cuando te encuentras a mitad de pasillo, si¡¡¡ es la cara de JOSÉ es el primero cada mañana en levantarse y el último en darme las buenas noches, te mira te da un pellizco en tu mejilla como si fueses una niña pequeña y te dice bajito “¿mañana vienes no?”… Piensas entonces ¿vale la pena?

El pasillo empieza a tener una tenue luz cuando sabes que él te necesita. Pero ¿aquella quién es? -MARÍA¡¡¡¡ sentada en la recepción de tu mente te llama a voces: “¡¡¡Niña ven¡¡¡ -¿qué te pasa María?… -tengo una cosa para ti, porque eres muy buena conmigo, y María me da una flor de colores vivos que me coloca en mi oreja con todo el amor y el cariño que los temblores de sus manos la dejan. ¿Vale la pena?… En mi cara se dibuja una sonrisa y mi paso en la noche se vuelve firme, la esperanza está volviendo y la luz al final del pasillo es mucho más brillante.

Ahora recuerdas como intenta decirte sin palabras que necesita ir al baño, y como, cuando no puedes llevarla porque el tiempo, el trabajo, el día, la hora…, todo se te echa encima por el cansancio, ves en sus ojos su enfado porque no lo entiende, miras a esos ojos llenos de ira en ese momento, quizás también de pena y melancolía por aquello que ya no está en sus manos poder hacer sino en manos de otra persona, esa mezcla te llega al corazón y buscas un hueco rápidamente y la llevas al baño, al salir ya no ha ocurrido nada, todo ha desaparecido en su memoria, sus pensamientos se han escapado entre las manos como la mismísima agua cuando busca la mar extensa, ella solamente quisiera acordarse mañana de lo que hoy ha vivido y nuevamente me chillará y se enfadará…. ¿vale la pena?

Yo pondré las palabras por ti cuando tus labios se hayan dormido, no pases pena¡¡ Yo seré tus recuerdos vivos para que no te olvides y seré tu reloj en el tiempo.

Ese largo vinculo al fin del día nunca se rompe y vuelves con los tuyos pensando si mañana cuando regreses José estará para pellizcarte, María te dará dos voces o te gritarán por no llevarlos al baño, pero vuelves, siempre echas la vista atrás y piensas que con cada uno de ellos que nos dejan se va un trozo de tu vida, se convierten en tu pequeña familia postiza, con penas y muchas alegrías, con 60,70,80 y hasta 100 años de vida a sus espaldas.

Les brindas una caricia, una regañina y algún que otro castigo pequeño pero el puzzle de nuestra vida gana o pierde una pieza con cada una de sus vidas.

Nos enseñan que la paciencia es una virtud realmente, que el amor lo cura todo, que la soledad sólo lleva pena y nadie debería pasar por ello, y que una risa para sus cuidadores, a veces, es tan importante como un beso cuando los despeñamos o unos buenos días llenos de ternura.

Ser su bastón y su apoyo, cuando el túnel ya no es tan negro, me sirve para darme cuenta que un día, en un futuro no muy lejano, cuando mire a esa persona que hay delante de mí , que no conozco de nada, que no la reconozco delante de un espejo, cuando yo misma me vea como ellos están ahora, no tenga miedo de estar en mi nueva casa porque el amor de las personas que están allí trabajando y su cariño, me llegaran a través de sus gestos, sus formas y sus palabras. No tendré miedo porque me encontraré con otra familia que me querrá y me cuidará como yo ahora hago con ellos.

Y LA RESPUESTA AL FINAL DEL TÚNEL ES LA MISMA:

¿VALE LA PENA?… SIEMPRE.

Ana Belén Sola López (Palma del Río)

 

El guardián de mi secreto

Despuntaba el alba cuando el sonido del despertador me recordaba que nacía un nuevo día. Al meterme en la ducha y el agua rozar mi cuerpo rememoro la tortuosidad de la noche anterior. A pesar de todo me encuentro plenamente emocionada, voy a volverlo a ver después de un eterno fin de semana. Apresuro a vestirme y elijo el vaquero nuevo, el jersey rojo y mis gafas negras de pasta, esas gafas cómplices que durante tantos días me acompañan.

La impaciencia hace que el camino se me antoje interminable. Como cada día me pongo el uniforme y entro en su habitación ansiosa por verle. Ahí está, esperándome, con su cuerpo inerte y los ojos ligeramente entornados, parece que el tiempo se detuvo el viernes cuando al terminar mi jornada me despedí de él.

Inicio rutinariamente el ritual que compone su aseo diario, rozo su cuerpo como si de una nube de algodón se tratara, intentando invadir mínimamente su privacidad, cuando aseo su parte más íntima miro de reojo su expresión que, como siempre, permanece inalterable, algo que me consuela enormemente.

Incorporo su cama y me siento a su lado mirándolo a los ojos, mi relato comienza a brotar de mis labios, le cuento mi secreto, él me escucha, es mi gran y único confidente. En algún momento percibo que su mirada me busca, pero cuando lo miro se pierde, sé que hoy ha visto en el lado derecho de mi cara, las huellas de mi destino.

Su desayuno se administra directamente en el estómago. Observo su cuerpo paralizado por el ictus y pienso en el mío paralizado por el miedo. Pienso también en 1o afortunados que somos de tenernos el uno al otro.

A la vez que lleno la jeringa, le cuento que hoy los golpes han sido más fuertes, que hoy me ha oído susurrar su nombre mientras dormía; hoy, dice, he traicionado su confianza, quiere saber quién es el hombre que nombro en sueños, me ha pegado llamándome zorra, hoy casi me desmayo en sus brazos. Sus gritos cada vez me hacen más pequeña, me hunden hasta parecer un náufrago agotado de nadar contracorriente. Un día más he temido por mi vida.

Me derrumbo llorando en su regazo, su cuerpo es mi armadura, el único lugar en el que me siento plenamente protegida, el único en el que encuentro consuelo. Mientras me inunda la angustia sus suaves manos empiezan a acariciar sutilmente mi nuca, exhausta elevo la mirada y observo sus ojos inundados de lágrimas surcando su amargada cara, vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por sus caricias apenas perceptibles, cuando me incorporo limpio sus lágrimas con el mismo pañuelo que he limpiado las mías, oso darle un beso en la mejilla y acercándome a su oído le susurro “gracias”. Siento entonces como mi corazón se alía con mi mente y con mi cuerpo para desterrar de mi vida definitivamente mis monstruos.

De vuelta a casa me detengo en un edificio con un cartel en la puerta en el que se puede leer “COMISARÍA”.

Aurora Vicente Moreno (Teruel)

 

Te quiero

Siento la brisa recorrer mi rostro.

Tu mirada me llama.

No me reconoces, sin embargo, sabes quién soy.

La percepción de que me reconoces me conmueve y hace que me acerque a ti.

Me sonríes.

Te sonrío.

Estás a mi lado,

Y te encuentro en el mar profundo de tus ojos, donde se esconden todas tus vivencias y experiencias que me gustaría conocer, y hoy no recuerdas.

Sin conocerte, te conozco

No sé de tu vivencias y experiencias, pero se de ti

De tu dulzura,

De tu sonrisa,

De tus miedos…,

Las canciones que cantamos, de alguna manera, devuelven a tus ojos, por un momento, esos recuerdos de juventud

Sonríes al cantar moviendo ligeramente tu cuerpo al compás

Te cojo de las manos y te acompaño en esta danza sin compás, llena de amor y amabilidad

Estoy contenta, satisfecha.

En ocasiones me pregunto si me entiendes,

Si me conoces,

Si te gusta mi trato.

En otras ocasiones creo que no me reconoces y me entristece.

Sin embargo, cuando veo de nuevo tu sonrisa asomar.

Cuando a lo lejos veo que me observas y acudes a mi encuentro sin saberme nombrar, mi corazón se llena de gozo, te sonrío y me digo:

Qué bonito es estar a tu lado, ayudarte a recordar, ayudarte a crear este espacio de vida donde el recuerdo no importa ya, donde solo importan las emociones, sentimientos y el amor que entre todos te podamos dar y tu estés dispuesta a aceptar.

Te quiero

Gema Simón Piris (Favara)

 

Una montaña rusa de sensaciones

Vivimos en un país que envejece y, sin embargo, a esta sociedad la vejez le asusta, a pesar de ser con la muerte, uno de los hechos más democráticos de la vida, el alzhéimer, la demencia o la artrosis no entienden de clases sociales.

Poder acompañar a otras personas, en el último tramo de su camino, para los que trabajamos, en este sector, está lleno de emociones.

La soledad de la vejez, de aquellos que, con mirada triste, como Esteban, ven como otros reciben esas visitas, que é1, al no quedarle familia ni amigos, no va a tener más, me entristece. Ese despertar desinhibido, de María, de convicciones religiosas acérrimas, que no ha dicho una palabra soez en la vida, y que te da los buenos días, a golpe de insulto simpático, que la sonrojarían si la demencia no fuera su aliada. Esas groserías me hacen sonreír, cuando se sonríe picaronamente, con cada palabra malsonante que me dice, mayor a la anterior, me enternece.

La sonrisa de Mercedes, al interactuar con la mirada, mientras paso por delante y le sonrío, hace que aflore mi sensibilidad, al tiempo, que el deterioro tan grande que sufre a sus 58 años, me frustra.

La intransigencia de Teresa, que nunca tiene una palabra amable, y jamás se hace nada bien, o al menos nada a su gusto, me produce estrés, pero, cuando intento mediar con ella, leo entre líneas, que está enfadada con la vida, porque ella sigue aquí y su marido partió, aunque le cuesta confesarlo, hace que aprenda a tolerar su falta de cortesía.

Y así entre, ternura y tristeza, empatizando con la frustración y el enfado de unos y otros, riendo y disfrutando de este trabajo, han pasado más de 3000 jornadas laborales, que me han enseñado que, en esta montaña rusa de emociones diarias, el cariño, y la complicidad hacen que todo sea más fácil.

Meritxell Mesa Batista (Barcelona)

 

A tu lado… siempre

A TU LADO… he aprendido que aún sin vista, el Principito no se equivocaba al decir que lo esencial es invisible a los ojos. Me has enseñado a ver con el corazón, a acariciar con el alma y a leer las miradas. A escuchar, además del habitual: “Es la hora del desayuno, pueden ir pasando al comedor”, el canto de un pájaro, el grito de una emoción, el dolor de un cuerpo enfermo, el crujir de una artrosis… As sentir, además de cómo se vive una navidad sin excesos, la pérdida de un ser querido, la ausencia de visitas de familiares, un desnudo emocional, el cambio del tiempo por una cicatriz, y una manos frías que hablan de pasado. A saborear, además de un cocido el domingo, un instante de juventud, una buena conversación… A oler el aire, la tierra mojada, un frito después de la matanza en el pueblo; y cerrar los ojos y relatar el pasado tan vívidamente como si del presente se tratara.

A TU LADO… he aprendido que a veces una idea delirante, tiene más de idea que de delirante, que las herencias deberían de ser intangibles, que el dolor del alma debería de colorearse para no pasar desapercibido, que el invierno debería ser eterno para los calurosos y el verano para aquellos sumergidos en profundas tristezas. Que el tiempo es el mayor regalo que te pueden hacer. Que el pasodoble no debería pasar nunca de moda y el tráfico de caramelos debería cruzar más fronteras. Que el idioma universal de las partidas de cartas es la brisca y que la mejor generación es la del “por favor” y “gracias”. Que las colonias de mejor calidad no son las que más duran sino las que más fuerte huelen, que no has vivido un buen verano si no has “tomado el fresco” en la puerta de tu casa y no eres de pueblo si no has ido al menos una vez en la vida a la vendimia. Que se puede ser incontinente pero de tanto reír, engordar de felicidad, adelgazar de pena y fallecer por haberse cansado de luchar. Que la cama tiene que estar bien hecha para descansar mejor y la comida bien caliente para saciar al corazón del estómago, que más vale guardar todo, porque nunca sabes cuándo lo vas a necesitar, que el mejor despertador emocional es un buenos días nos de Dios, y que las heridas se cosen con la agujas del reloj. Que levantar el vuelo es muy parecido a volver a caminar tras una dura rehabilitación, que la belleza de la persona está en las sonrisas espontáneas, que un saludo no dice nada sin un buen apretón de manos, que el carácter tiende a mantenerse estable, pero es algo que debemos cultivar. Que los sueños no entienden de edad y que la fe y la esperanza sostienen el mundo. Que la mente olvida aquello que nos hace daño, para que el rencor no se apodere de nosotros; que donde hay experiencia hay sabiduría, y que a veces la mochila pesa y hay que disminuir el equipaje.

Pero sobre todo…, he aprendido que el ser humano por naturaleza quiere vivir, no importa si con una pierna, un riñón, dos operaciones de corazón, los pulmones a medio funcionamiento, el azúcar por las nubes, déficits sensoriales severos, una enfermedad terminal, las arterias obstruidas, la artrosis agravada, la mente nublada, el corazón vacío, el pelo canoso y la piel flácida. Porque no hay que confundir querer morir con querer dejar de sufrir. Aceptar las limitaciones es una tarea dura, pero para ello cuentas con nuestro apoyo. He escalado la montaña antes que tú para ahora poder echarte una mano en el ascenso y desde arriba enseñarte todo aquello que puedo ver, la amplitud de vista que tengo desde aquí arriba, la serenidad del sonido y la majestuosidad del paisaje. Deseo, como persona y profesional, poner de nuevo en tendencia, empezar el día con una sonrisa, y conseguir ser trendring topic a nivel mundial por ello. Porque estamos en tiempos difíciles y amar es una urgencia social, reír la mejor medicina y aceptar la vida la mejor opción para aventurarse en un destino extraordinario, Porque si de algo tengo que arrepentirme mañana que no sea de amar a la persona como un ser libre y digno, con respecto, afecto y paciencia. Sin olvidar que mi ejemplo podrá generar más cambios, a fin de cuentas, el mundo es lo que es por nuestras acciones.

En resumen, ATU LADO, he aprendido que el reloj sólo da la hora hacia delante, así que hay que luchar por los sueños, plantearse pequeños objetivos que den sentido a la vida, y no dejarse absorber por la rutina diaria, atrapado y renunciando a ser feliz. La vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero si hoy me equivoco y hoy es lo que nos queda, me gustaría decirte que nunca te olvidaré, a tu lado siempre estaré…

James Santos Sousa (Cifuentes)

 

Colisionemos

Una vez nací.

Llegué a este mundo y ya era querida. Tuve una vida llena, como tú. Hubo de todo un poco, como te habrá ocurrido. Como te estará ocurriendo’

Fui bebé. Fui hija mayor y hermana, nieta, sobrina y tía, prima…

Amiga, vecina y compañera. Apoyé y fui soporte, aporté, ayudé. De todo di, y de todo recibí. Mis amigas me añoraron y las añoré; sentí su distancia… y la certeza de su cercanía. Mis vecinas. Definí mi vecindad al conducirme por mi moral. Mano a mano regalé mi experiencia, el saber acumulado, a quienes compartían mis jornadas. Fui trabajadora. De sol a sol trabajé desde muy niña. Mi labor era ayudar a llevar la casa en la que vivía, y a la familia que contenía.

Fui novia, esposa y madre. Estuve enamorada, amé y me amaron. Fui “la segunda”, cuando hubo una “otra”. Tuve hijos, me completaron. Dieron sentido a mi vida, y yo di sentido a la suya. Los crie, los quise como a nadie… me entregué. Hice posible su vuelo. Fui para ellos un pilar. Soy piedra angular en sus vidas.

También nuera y cuñada llegué a ser. Algo podría haberme ahorrado…, y lo digo a sabiendas de lo que me tocó. Fui incluso abuela. Fui abuela…, ABUELA… De repente soy bisabuela, tía abuela, y no sé qué cosas más que ni imagino. A día de hoy sigo siendo… ¡me consideran aún! iY no estoy! Me piensan, me recuerdan, hacen posible que continúe siendo.

Mi legado, es inconmensurable. Jamás imaginé el alcance de mi vida. Hoy veo las líneas que lo conectan todo, que hacen posible que toque sin haber tocado… Mi influencia se extiende y se expande… el amigo de mi nieta habla de mis sándwiches de salami y queso, una trabajadora en una residencia de Cádiz me conoce porque ella impartió formación en2012 y me recuerda sin haberme tratado…, por cómo les contó de mí.

¿Cómo es posible que aquello que hice, dejase huella indeleble en el tiempo y el espacio? Cómo es posible que yo, Dolores, crease contextos que otros aún visualizan maravillados, ambientes llenos de amor y ternura…, entornos educativos firmes, estables y seguros.

Mis días, dignos de ser contados y rememorados. Cuanto amor albergo para daros.

Nada es, todo está o se comporta. El cambio es continuo, la adaptación opcional. Lo interesante, escogerla. Y mi energía, que lo llena todo.

Una vez me construí.

Una vez me pertenecí.

Una vez, contribuí…

Hoy, aún, estoy viva. Todavía cuentan de mí, hablan de mí. Os aporto, recordáis aspectos de mi existencia que no vi, que no viví como vosotros. Tenéis pedazos de mí que no conocí.

En parte sois míos, en parte soy vuestra.

Me pertenecéis, os pertenezco.

Nada es igual porque colisionamos, porque nos cruzamos ¡y hasta qué punto!

En cierta medida, nos pertenecemos’

Para mi reina.

Sandra Romero Alcaide (Écija)

 

La meta

Cuando decidí estudiar un curso de Geriatría nadie me entendió. ¿Una niña recién licenciada en Historia del Arte…, que no quiere ser profesora? ¿Cómo podía ser?

Mis amigas pensaban que estaba loca, mi madre que no sería capaz (si te da asco limpiar el pescado, decía, ¿Cómo vas a limpiar las suciedades de los ancianos?)

Sin embargo, yo quería hacerlo, algo dentro de mi sabía que aquello era lo que debía hacer. Y lo hice. No sabía muy bien qué esperar, nunca antes me había preocupado de otros ancianos que no fueran mis dos abuelas, pero ambas se fueron demasiado pronto y a mis abuelos no llegue a conocerlos. Creo que en mi corazón había un vacío y que ésta es la forma que inconscientemente busqué para llenarlo.

La primera abuelita que me robó el corazón se llamaba Esperanza, nunca podré olvidarla, la conocí durante mis prácticas y fue tan especial la relación que establecí con ella que me hizo darme cuenta de que aquello era a lo que quería dedicar mi vida profesional.

Pocas personas son capaces de ver lo gratificante que ¡ruede ser nuestro trabajo, acompañarlos en la última etapa de sus vidas, escuchar sus miles de historias, sus vivencias (que te hacen ver que no somos tan “modernos” como nosotros nos creemos y que ellos también fueron jóvenes como nosotros y tuvieron tiempo de experimentar lo que pudieron o les dejaron y correr sus propias aventuras), oír sus chistes y sus lamentos, esos momentos de intimidad mientras los bañas o los alimentas y te cuentan cómo conocieron al amor de su vida, cómo debían esconderse para dar un beso furtivo lejos de miradas indiscretas, sentir su mismo dolor cuando su compañera de toda la vida abandona este mundo y tú solamente puedes coger su mano y llorar a su lado. Recibir sus consejos ante los problemas diarios de nuestra vida y comprobar cuánta razón pueden llegar a tener!!

Sufrir cuando ellos sufren, pasar con ellos, y a la misma vez, resfriados y gastroenteritis, ayudarles a que no den la vida por perdida y hacerles ver que todavía son útiles e importantes, porque lo son, intentar sacarles una sonrisa. Abrazarlos cuando nadie más va a hacerlo y sentir el agradecimiento en sus manos sabias y arrugadas.

A veces los veo, comiendo o en los salones descansando, realizando alguna actividad, y los observo como si fueran todos ellos un poquito míos y cada uno de ellos llevara un trocito de mí, porque en ellos veo a mis abuelos que ya no tengo, y quiero disfrutar de ellos todo lo que pueda porque sé que se irán, siempre se van, a veces sin avisar, otras cogidos de tu mano, pero dejando una huella en tu corazón, una muesca que no se borra con el tiempo, unas palabras dichas en confidencia, un “si esto lo supiera mi hija!!”, un regalo que siempre llevas contigo, un abrazo en un momento de desánimo, unas risas en los baños, unas preguntas indiscretas que siempre acaban en carcajadas, una forma concreta de refunfuñar por todo que las hace tan especiales…

No negaré que unas lágrimas furtivas han rodado por mis mejillas, y cómo no hacerlo al escribir estas palabras y recordar a tantas personas queridas que ya no están, pero que siempre permanecen presentes en un recuerdo o una anécdota.

Mi profesión me hace sentir orgullosa, porque sé que no podría dedicarme a algo que no implicara un trabajo humano ayudar a los demás y sentirme útil. Casi siempre soy yo la que está más agradecida por lo que recibo al hacer mi labor que los abuelitos a los que ayudo y cuido, y es que disfruto de su compañía como nunca creí que lo haría cuando hace años decidí especializarme en geriatría.

A veces la vida da muchas vueltas para colocarte en el lugar donde debes estar, pero cuando llegas a la meta lo sabes y entonces es cuando puedes empezar a disfrutar de verdad de tu labor, porque podrás hacerla con el coraz6n.

Y mi meta está aquí, con MIS abuelos.

Nerea Miranda Ramírez (Alcosa, Sevilla)

 

El calor de la residencia

Un día nuevo amanece, el típico día de transición del otoño al invierno, con temperaturas por debajo de cero ¡¡Qué frío!! La emisora de radio sintonizada en el coche, no para de hablar del frío y relata múltiples remedios para combatirlo, café con leche caliente, ropa de algodón… El tramo desde el coche a la Residencia se hace interminable, horrible por el frío, pero al entrar en la residencia, el calor me envuelve, me encuentro mucho mejor.

Inicio la jornada de trabajo y noto como al tomar contacto con los Compañeros y, sobre todo, con los Residentes, el calor que siento es mucho mayor, aun estando la Residencia a la misma temperatura que cuando entré. Sin duda, al calor que emite la calefacción se ha sumado el calor humano que transmite todo el equipo y por supuesto, el que transmiten, los Residentes y que, para mí, son el centro principal de nuestro trabajo.

El calor humano que genera la satisfacción de ver el esfuerzo de José para recuperarse de la rotura de cadera, de la lucha de Felisa contra las secuelas del ictus o de la desesperada lucha de Primitiva para no perderse en su memoria. Sus sonrisas, sus muestras de gratitud al ver el objetivo cada vez más cerca, transmiten mucho, mucho calor. Es importante minimizar y recuperar las secuelas de la lesión, pero no menos importante es recuperar a la persona en su totalidad. José, tiene muchas ganas de volver a caminar, a veces necesita un abrazo y una “buena parlada” como le gusta decir, Felisa necesita que la anime cuando el dolor aprieta, buenos días Felisa, está radiante con esa blusa floreada, ¿qué tal ha pasado la noche? Necesitan también nuestro calor.

La jornada va llegando a su fin. La temperatura en la Residencia sigue siendo la misma, idónea, y la mía, óptima, por el calor acumulado a lo largo del día.

Al salir de la Residencia, el frío sigue apretando, pero yo no lo siento. Entro en el coche, pongo la radio y la emisora habla del frío para el día siguiente. Antes de arrancar, cierro los ojos y visiono mentalmente todo el trabajo realizado en la Residencia, de todo el calor recibido: la ilusión con la que completé la ficha de fisioterapia, la alegría cuando conseguí redactar las primeras fichas de terapia ocupacional o la satisfacción de coordinar las Unidades de Convivencia, como proyecto piloto. Todo ello me ha ayudado a crecer como profesional y sobre todo, como persona.

Arranco el coche y cambio de emisora. Mañana puede hacer el frío que quiera, yo tengo reservas de calor y si me destemplo, cuando llegue a la Residencia… encontraré el calor energético y humano.

Virginia Alonso Pérez (Cabezón de Pisuerga, Valladolid)

 

centros vitalia home

Sorteo “Una primavera diferente”

¡ SORTEO DE UNA CENA PARA DOS ! Para alegrarnos la primavera pese a este frío, hemos preparado un sorteo muy jugoso… ¡Participa, es muy sencillo! Hazte fan de nuestra página de Facebook Dale a “Me Gusta” a la publicación del sorteo Comparte...

leer más